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Psicoterapia y Espiritualidad

Publicado el 12 junio 2009 1 comentario

Ken Wilber

Hola, Edith, adelante. ¿Te importaría perdonarme unos minutos? Acabo de recibir una llamada muy poco frecuente. Vuelvo en seguida. Luego fui al cuarto de baño, me lavé la cara y me miré en el espejo. No recuerdo lo que pasó por mi mente; pero entonces, como suele ocurrir en circunstancias similares, sencillamente me disocié y dejé fuera de mi consciencia la pesadilla que probablemente estaría aguardándonos en la consulta del médico[2].

Mi alma se cubrió con el manto de la negación, y arropado en el personaje de profesor -que engalané con una sonrisa de plástico- salí a reunirme con Edith. ¿Qué era lo que hacía que Edith resultara tan agradable? Supuse que tendría unos cincuenta años; su rostro era radiante y despejado, por momentos casi transparente y, sin embargo, suscitaba una impresión de firmeza, fortaleza y seguridad, de manera que su sola presencia despertaba confianza y parecía decir que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por un amigo y que lo haría encantada. Sonreía la mayor parte del tiempo, pero su sonrisa no era forzada ni tampoco parecía ocultar o negar el dolor; era una sonrisa que armonizaba perfectamente con todo su cuerpo. Parecía una persona muy fuerte pero sumamente vulnerable, alguien que seguía sonriendo aún en medio de la aflicción.

Mientras mi mente seguía encubriendo el posible futuro, me quedé impresionado -a decir verdad, por primera vez- ante la extraña aura que parecía haberse tejido a mí alrededor a causa de mi negativa a conceder entrevistas o aparecer en público durante los últimos quince años. Por mi parte, se trataba de una decisión muy sencilla, pero parecía haber generado mucho ruido e incluso había llegado a suscitar ciertas dudas sobre mi propia existencia.

En los primeros quince minutos, estuvimos charlando de mi invisibilidad y, cuando su artículo fue publicado en Die Zeit, comenzaba del siguiente modo: Es un ermitaño -me habían dicho de Ken Wilber- nadie puede entrevistarle, lo cual no hizo sino avivar aún más mi curiosidad. Sólo le conocía por sus libros, en los que, por cierto, exhibía un conocimiento enciclopédico, una mente abierta a paradigmas muy diversos, un estilo preciso y lleno de poderosas imágenes, una extraordinaria capacidad de síntesis y una claridad de pensamiento muy poco habitual. Le escribí pero no obtuve respuesta. Luego volé a un congreso de la International Transpersonal Association en Japón. Según el programa, Wilber iba a ser uno de los exponentes. Japón estaba precioso en primavera y el encuentro con las tradiciones religiosas y culturales niponas fue inolvidable. Sin embargo, Ken Wilber no se presentó; aunque, y pese a todo, se hallaba, de algún modo, presente, porque sobre él se proyectaban muchas expectativas. Ser invisible no es una mala estrategia de relaciones públicas, sobre todo si te llamas Ken Wilber. Pregunté quién le conocía. El presidente de la Asociación, Cecil Burney, me respondió: Somos amigos. Es una persona muy sociable y nada pretenciosa. ¿Cómo se las ha arreglado -le pregunté- si nació en 1949 y sólo tiene 37 años, para escribir diez libros en tan poco tiempo? Trabaja duro y es un genio, fue su lacónica respuesta.

Con la ayuda de amigos y de sus editores alemanes intenté nuevamente conseguir otra entrevista. Estaba en San Francisco y todavía no tenía su consentimiento. Y entonces, de repente, va y me dice por teléfono: Claro, venga a verme. Nos reunimos en su casa. La sala de estar está amoblada con una mesa y sillas de jardín y, a través de una puerta entornada, distingo un colchón en el suelo. Ken Wilber, descalzo, con la camisa desabrochada -es un caluroso día de verano- me ofrece un vaso de jugo y me comenta, sonriendo: Existo. -Ya lo ves, Edith, existo- le dije, sentándome. Todo el asunto me resultaba muy divertido y pensé en la frase de Garry Trudeau: Intento cultivar un estilo de vida que no requiera de mi presencia. ¿Qué puedo hacer por ti, Edith? -pregunté. -¿Por qué no concedes entrevistas? Y entonces le expuse mis razones, fundamentalmente porque lo único que quiero hacer es escribir y las entrevistas me distraen demasiado. Edith escuchaba atentamente mientras sonreía, y yo podía sentir perfectamente su amorosa presencia. Había algo muy maternal en su actitud, en la dulzura de su voz y, por alguna razón, eso me hacía aún más difícil olvidar el pavor soterrado que, cada tanto, intentaba salir a la superficie. Hablamos durante horas y tocamos muchos temas. Edith parecía conocer a fondo la cuestión. Cuando luego abordó el tema fundamental de la entrevista, puso en marcha su grabadora.

EZ: Rolf, yo y nuestros lectores estamos especialmente interesados por la interfase existente entre la psicoterapia y la religión. (más…)