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La Muerte y Resurrección de Yehoshua. Nacer de nuevo

Pedro San José

LOS HECHOS

La sábana santa es la reliquia más auténtica que tenemos presumiblemente de Jesús. Ha habido y sigue habiendo una profunda polémica sobre la misma, pero es digna de mención por varios motivos:

Estos datos hacen casi imposible la falsificación ( a no ser que el genio falsificador conociera en el siglo XIII la fotografía, la proyección tridimensional algorítmica, el análisis de los grupos sanguíneos, la capacidad de oxidación por radiación, no pictórica, etc.) El hallazgo arqueológico de Johanan ben Ha´galgol, corresponde a un hombre con los signos del tipo de crucifixión que se describen en textos históricos de entonces y en los evangelios. Como él y como Yehoshua fueron ajusticiados miles de judíos y esclavos en el siglo I De acuerdo con esto, Yehoshua en el momento de la muerte era un hombre de unos 40 años, de entre 172 y 183 cms de estatura, barbado y con el cabello largo. Cuando fue detenido fue sometido a flagelación, consistente en unos 120 golpes realizados con el flagellum taxilatum, que constaba de cinco cuerdas o tiras de cuero que acababan en bolas de metal, que al golpear la piel la desgarraban hasta el punto de descarnar el hueso. Se le colocó una corona de espinas que provocaron una treintena de heridas  en frente, sienes, nuca y región superior del cráneo. Fue obligado a portar el travesaño horizontal de la cruz (patibulum), lo que provocó grandes contusiones y excoriaciones en la zona escapular. Al llegar al lugar de ejecución se le clavaron primero los brazos, en la zona del carpo, con clavos de unos siete mms. de grosor de sección poligonal. Luego fue izado sobre el palo vertical de la cruz (stipes) y se le clavaron los pies con un solo clavo directamente al stipes, cabalgando el izquierdo sobre el derecho. Yehoshua quedó suspendido sobre los clavos con los brazos por encima de la cabeza. Cada vez que intentaba respirar tenia que suspenderse sobre los clavos de los pies y las manos, por lo que el proceso de asfixia se aceleraba. No se le aplico el crurifragium (la fractura de los huesos de las piernas), pero si se le atravesó en el costado con una lanza, atravesando el pulmón derecho y entrando en la cavidad cardiaca. Yehoshua estuvo suspendido en la cruz hasta su muerte durante seis horas. Su pulmón estaba enormemente expandido provocándole un asma mecánica. La agonía se desarrolló entre los esfuerzos de izarse sobre los clavos para respirar y el dolor que le hacia ceder el peso sobre los mismos. La muerte sobrevendría por paro cardiaco o por axfixia. A las tres de la tarde dió un grito fuerte : “¡Ellâhî, Elâhî!, ¿lema shebaqtanî? y expiró. Solo tuvo como testigos a sus discípulas a cierta distancia, ya que los soldados no permitían otra cosa: María Magdalena, María la de Santiago, Salome, y otras. Era el 14 de Nisan, víspera de la Pascua. Antes de que llegará el sábado, fue descendido apresuradamente de la cruz, envuelto en un lienzo y colocado en un sepulcro excavado en la roca, sin lavar ni ungir al cuerpo. Al tercer día María Magdalena encuentró la tumba vacía y tuvo ante si la presencia espiritual de su maestro, motivo por el cual hizo crecer la fe entre los discípulos huidos sobre la continuidad de la vida de Yehoshua entre nosotros.

El fracaso de un Profeta

Yehoshua fue el profeta del Reino, que vivió 35 años en silencio, trabajando como artesano entre los pobres de las aldeas de Galilea, y tras su conversión, vivió entre un año y tres años como profeta itinerante, sin domicilio fijo, predicando la Buena Nueva del Reino de Dios, y sanando a los que a él acudían. En la Pascua en Jerusalén realizó dos anuncios de su predicación: la aceptación de su función como Mesías del Espíritu, y la denuncia de los sacerdotes que comerciaban en el templo. Cuando los discípulos esperaban el anuncio definitivo de la instauración del Reino de Dios, fue apresado, sometido a tormento y ajusticiado. Su anuncio fue revolucionario y transformador, la instauración del Reino del Espíritu desde su visión de conciencia unitiva, en virtud del cual la obra divina se realizaría , los que sufren serían redimidos y el sufrimiento entre los hombres daría espacio a un tiempo de esperanza, paz y justicia. Su perspectiva era ver el desarrollo del Espíritu dentro y fuera del corazón humano. Su interior se movía por un fuego transformador que estaba presente en la radicalidad de su mensaje y en sus actos. Su propuesta de transformación, de origen espiritual, y resultado de la conversión abierta a todos los hombres que eran convocados por su palabra, suponía también una profunda transformación de las relaciones humanas y las condiciones sociales. Suponía el fin de la opresión, la liberación de las condiciones humanas, la equidad y la elevación de la dignidad intrínseca de hombres y mujeres considerados iguales. Suponía el reequilibrio de la vida humana. Todo ello le enfrentó necesariamente con los poderes dominantes. El asumió un mesianismo de servicio, no vinculado al poder sacerdotal ni al templo. Se enfrentó a este poder censurando su hipocresía y su participación en la opresión del pueblo. Se enfrentó a los poderosos y a sus costumbres. Rompió las reglas de pureza y enseñó a romperlas siempre que se enfrentaba a las necesidades humanas. Tomó opción por los marginados, los pecadores, los oprimidos y las mujeres y los niños, los sectores mas vulnerables y despreciados de la población. Su propuesta fue radical, no negociando conveniencias ni poderes. Fue realmente alternativo. Los poderes de la tierra reaccionaron prontamente. Herodes Antipas intentó prenderle en Galilea y encerrarlo como hizo con Juan. Yehoshua escapó a este destino alejándose de Galilea. En Jerusalén fue prendido por el Sanedrín, fue acusado de sedicioso y ejecutado como tal, dejando su mensaje en el silencio y el profundo temor producido por su muerte prematura y cruel. A los ojos de todos fue visto en ese momento como un profeta fracasado. Sus discípulos posteriormente, de forma misteriosa que es atribuida a la revelación de su resurrección espiritual, cambiaron la centralidad de su mensaje del Reino, por la re-escritura de su vida, creando su divinización y función redentora sacrificial, como forma de comprender lo que había sucedido, iniciando una predicación en su nombre que se distanció de su mensaje original, aunque conservó la instauración de una nueva comunidad basada en el amor. Desgraciadamente esto también desapareció cuando el nuevo credo se alió con el poder a partir del siglo IV. Actualmente tenemos que salir de nuevo  al rescate del origen, en la nueva búsqueda y comprensión de su buena nueva tal y como él la expresó. Si se entiende el mensaje de Yehoshua como un mensaje profético que había de cumplirse en su generación, con grandes transformaciones sociales a favor de los pobres y los oprimidos, y con una transformación de las conciencias de los hombres entendida como un salto adelante en la instauración de la conciencia unitiva espiritual, entonces hemos de admitir que fue un profeta fracasado, ya que sus discípulos no le entendieron, y posteriormente le divinizaron como un acontecimiento singular e independiente de lo que es general para la especie humana, creando por tanto nuevas luchas por el poder institucional y temporal, con las miserias y la degradación del mensaje del nazareno que conocemos a través de los siglos. El mensaje de Yehoshua ha de ser entendido desde la visión que tenia en su corazón, desde la nueva forma de vida a la que había accedido. Por ello tiene un significado trans-histórico, ya que estaba presente entonces plenamente en su corazón y en el de algunos después, los místicos de todos los tiempos y todas las culturas, y está abierto para nosotros ahora. Si lo entendemos así, la interpelación de su visión es vigente y actual, es un mensaje directo a nuestra forma de ver y de sentir.

El Camino hasta ser Nadie

“Apegarse es insistir en ser alguien. No apegarse es ser libre para ser nadie”

El camino de Yehoshua hacia la cruz fue un proceso de anonadamiento hasta despojarse de toda identidad. Fue su despojamiento de toda condición humana.

El rechazo de Yehoshua de todo aquello que significa el poder temporal, el poder del dinero y de las riquezas, los roles sociales y de poder, las estructuras instituidas por encima de los hombres, el rol tradicional y familiar, el estado de cosas impuesto por los poderosos, necesariamente significa la ruptura radical con las identificaciones. Rompió con la estructura de familia tradicional, rompió con un hogar seguro, con un lugar en el centro de la organización social, al lado de los rabies y los jefes religiosos, rompió con las normas de funcionamiento , y cultivó el comensalismo abierto, la predicación en medio del campo, en los collados y colinas. Aconsejó a sus discípulos no llevar bolsa ni túnica, a ser itinerantes y no poseer nada. Dijo “solo si os hacéis como niños, entrareis en el Reino”, esto es, si perdéis las identidades, los roles y los lugares comunes, y entonces “os maldecirán, os perseguirán y os calumniaran”.

Así pues, él aplicó en su vida y en su muerte el proceso que predicaba. Perdió su dignidad, el papel que otros le habían asignado, el liderazgo de Mesías, perdió sus amigos y sus familiares, su propia naturaleza, y allí desnudo, ultrajado, atormentado y perdido a si mismo, clavado a un madero, también sintió la perdida de la conciencia divina que era su fuente y su orientación, y gritó de abandono y desesperación. Si alguien llego a la minima expresión, a la perdida de todo lo que podía poseer como hombre, antes de entregar su vida fue nada. Y fue esto necesario antes de abrir la puerta del Espíritu por completo. Su muerte fue la antesala para la expresión divina completa, a través de su nuevo ser espiritual. Para ello tuvo que despojarse por completo. Y este es el camino que nos marca, el camino del despojamiento.

El proceso de Yehoshua se trazó desde la seguridad del hogar, la familia y la tradición, a vivir sin hogar y sin familia, itinerante y sin “un lugar donde reposar la cabeza”. Desde poder poseer la tierra y sus riquezas a no tener nada, ni bolsa ni tunica propia. Desde tener un rol y ser aclamado por todos a ser abandonado por todos y reducido a un cuerpo torturado y sanguinolento, desde la certeza de la conciencia divina en la que habitaba, a perder incluso esa certeza en la desesperación de la cruz. Nuestro maestro es el reflejo del drama universal, del propio drama humano, que ha de transitar en la noche, el vaciamiento y la perdida para acceder al Reino. Necesitaremos nacer de nuevo, y para ello hemos de morir. Hemos de morir a nuestras seguridades, a nuestras posesiones, a nuestros controles e identificaciones, a nuestro espacio propio, y habremos de sufrir con el mundo, hasta su transformación completa. Este es el ideal del Bodishatva. Este es el ideal del discípulo

La manifestación divina despojada

He repetido como el meollo del mensaje de Yehoshua, la llegada del Reino, es consecuencia de su visión desde el divino, de percibir de forma real, presente, autentica y completa su unidad con el Padre, de sentir su hogar en su corazón, de forma que su familia era la familia divina de los que son unidad con Él .

Esta forma de percibir se convirtió en Yehoshua algo permanente, actuante en cada uno de sus actos, presente cuando miraba a las personas, actuante cuando sanaba y cuando se dirigía a la gente. Por ello su presencia y acción causaba asombro y llenaba de adhesión.

Así pues hemos de decir que en Yehoshua de forma avanzada, igual que en otros maestros, lo divino alcanzó la expresión completa. Y de esa expresión, de esa manifestación su vida fue arquetipo. Por ello hemos de preguntarnos por qué era necesario el tormento, el fracaso histórico y la muerte. ¿Es que la noche, la oscuridad y el sufrimiento forma parte del camino de transformación hacia el Espíritu?

La Pascua de Yehoshua indica, al ser él el ser autentico en el que lo divino se manifestó mas ampliamente, una parte consustancial de su mensaje vital. Yehoshua predicaba con su vida, con sus actos, y su muerte no es exclusión. Lo divino para expresarse debe despojar lo humano, debe realizar el transito que implica la muerte. El siervo del Espíritu debe por tanto transitar antes por el despojamiento, por la noche, por el vaciamiento de si mismo. No es esto algo que paso solo históricamente. El nivel del drama de Yehoshua se expresó de otras maneras en otros testigos del Espíritu, pero en todos fue necesaria la noche y el despojamiento.

El camino para el “testigo del Reino” es urgente y está lleno de riesgos y de confrontación con los poderes de este mundo. Es necesario volvernos manifestación de lo que siempre ha estado allí, pero que requiere de una muerte y un renacer para que se manifieste, y esto implica negarse a uno mismo, asumir el riesgo, la noche, el sufrimiento, la cruz que nos toque, y no poner resistencias al drama que ha de ocurrir en nosotros, que será fracaso a los ojos humanos, que sea fuente de burla y de rechazo, pero que será también el camino de liberación.

Este es un proceso que ha de ocurrir primero en el corazón humano, en el silencio de nuestra conciencia, en nuestro morir dentro de nosotros. La muerte, el sufrimiento, el anonadamiento, y el vaciamiento es un proceso primero interior y luego exterior.

La instauración de lo divino en nuestro tiempo ha de pasar también por una muerte en el silencio, por el drama del sufrimiento de sus testigos, para permitir su manifestación. Lo viejo ha de morir para dejar espacio al nuevo tiempo, y esto es un proceso que no ocurrirá sin dolor. Por ello la pasión de Yehoshua aparece así como el arquetipo del proceso universal de transformación de la conciencia, que ha de renacer desde la renuncia a la forma antigua de conocer, desde la muerte dolorosa de nuestra forma de percibir, volviéndonos absurdos para el mundo, y viviendo contracorriente, siendo los siervos sufrientes del nuevo tiempo. No deseamos el dolor, no deseamos el drama que nos toca, pero este es necesario para que demos el salto hacia el Espíritu que nos necesario y que es necesario al mundo La muerte como extensión del amor en acción, y su consistencia con el mensaje del Reino

Yehoshua tuvo conciencia de las consecuencias de su mensaje. El tomó la opción por lo pobres y los oprimidos, y su mensaje era de riesgo. Exigía de los suyos una renuncia radical, y entendió que su propuesta ponía a los poderosos enfrente. El drama que desarrolló, con el nivel de exigencia que su conciencia le exigía y desde el que exigía a los que habían de seguirle.

Su aceptación del tormento y la muerte que tuvo no puede ser comprendida mas que como consecuencia de su actitud ante el mundo, que fue antes que todo de amor a la condición humana. Solo de la fuerza que produce el amor, de su actitud de siervo a los hombres es de donde encontró fuerza para resistir el tormento sin renunciar a su fe. Fe en la evolución humana, en el vuelo hacia el Padre, hacia el Espíritu. No significa esto que asumiera una conciencia de salvador de los pobres o de redentor sacrificial de los oprimidos. Solo asumió la consecuencia de habitar en el Reino, la consecuencia de vivir desde el amor, y aceptar la consistencia de su opción. En un mundo no transformado, aquellos que van un paso por delante sufren las resistencias y la violencia de los que no quieren que las cosas cambien. Y esto no puede realizarse sobre la base de una coherencia fría de llevar razón o de morir por unas ideas, sino como consecuencia de aceptar sufrir por su opción de amor y de defensa de los que sufren. Por eso es posible decir que no hay mayor amor que dar la vida por los que se ama. Pero no darla para realizar una labor de victima o de sacrificio, sino como coherencia con todo su mensaje, con su propuesta de transformación, que había de comenzar a través del dolor. Solo desde el amor en acción que fue su vida es posible comprender tanto dolor.

La muerte de un siervo. La muerte de un esclavo. La muerte de un rebelde

Yehoshua era consciente de que se enfrentaba a fuerzas poderosas. Su mensaje era radical y exigía una revolución de las conciencias. Su visión era alternativa y sin concesiones. Suponía necesariamente una confrontación con el poder, sin que aceptara en esa confrontación usar los medios de sus adversarios. Solo la fe completa en el Padre le hizo avanzar a pesar de que aparentemente todo fracasaba. Por ello aceptó su destino, no negociando su vida, no cediendo terreno, ni permitiendo que hubiera duda sobre su forma de ver. Actúo incluso cuando nadie comprendía su mensaje, que en el momento crucial fue una acción en la soledad mas completa, en la incomprensión mas absoluta, quedando reducido al absurdo desde la perspectiva de la práctica y de lo sensato. Incluso aunque desesperó no renunció a lo que creía. La muerte que sufría fue la destinada a los esclavos y a los rebeldes no ciudadanos de Roma. Yehoshua sufrió la muerte mas horrorosa, al igual que miles de otros judíos que fueron apresados en las insurrecciones de Judas Galileo, o en el arrasamiento de Seforis, o posteriormente en la destrucción de Jerusalén por las legiones de Tito. Compartió la suerte de los mas perseguidos entre los rebeldes y los esclavos. Vivió haciendo una opción definitiva por los pobres. Murió siendo el mas ultrajado entre ellos.

La Resurrección. Nacer de nuevo en el Espíritu

Yehoshua se manifestó a sus discípulos en su nueva existencia espiritual. Donde había gente temerosa y que no dudaba en traicionar a su maestro para salvarse, pocos días después aparecieron apóstoles valientes que manifestaban la Buena Nueva en nombre del crucificado.

Yehoshua no volvió  a tener una vida terrena como antes de su muerte, pero si fue una manifestación espiritual que permitió restaurar la fe y la confianza entre los suyos, en primer lugar en María Magdalena, que se convirtió así en apóstol de los apóstoles.

Con su nueva presencia espiritual, el maestro completó el circulo de su elevación a la vida divina, dando manifestación de su naturaleza divina. Todos nosotros estamos llamados a esta manifestación. Es el estadio de plenitud de la evolución. Es el culmen de la evolución de la conciencia: renacer en el Espíritu, manifestando nuestra luz. Así la resurrección general y la Segunda Venida no es otra cosa que la manifestación definitiva de la conciencia espiritual divina en el universo. Esta manifestación es a la vez personal y no personal, y ni es no personal ni es personal. Supone la instauración definitiva del Reino. El comienzo de una nueva forma de vida que dará lugar a la plenitud de los tiempos

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