El arte de no amargarse la vida

Publicado el 23 julio 2012 Sin comentarios aún ...

Os aporto, por iniciativa de Sara, algunos estractos de la obra de Rafael Santandreu

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"El joven Akira era el encargado de ir a buscar el agua fresca que se bebía en la casa-escuela del maestro Oé. Todas las mañanas acudía a la rica fuente que nacía al pie de la colina, a veinte minutos de distancia. Para la tarea, se había hecho con dos grandes vasijas de barro que mantenían el agua fresca todo el día. Los dos botijos colgaban de los extremos de un recio palo que, colocado a lo largo del cuello, le permitía llevar hasta trece o catorce litros sin mucho esfuerzo.Pero resulta que una de las vasijas tenía una grieta por la que se escapaba parte del agua y, al final de cada trayecto,sólo llegaba la mitad del contenido.Durante los dos últimos años, ésa había sido la dinámica: Akira iba temprano a la fuente, llenaba los dos recipientes y regresaba sólo con una vasija y media de agua.El botijo perfecto estaba muy orgulloso de sus logros; durante todo ese tiempo había llevado toda el agua que le permitía su contenido. Pero el botijo roto estaba triste y avergonzado de su propia imperfección, ya que era consciente de que sólo conseguía cumplir con la mitad del cometido para el que había sido creado.Después de aquellos dos años de trabajo, la vasija rota ya no resistió más la presión y alzó la voz para decir:

 

-¡Estoy tan avergonzado! 

Akira volvió la cabeza hacia su izquierda, vio gemir a la pobre cerámica, y preguntó:

¿Vergüenza de qué, amigo mío? 

Durante todo este tiempo, no he sido capaz de llevar bien el agua hasta la casa del maestro. ¡Qué desperdicio! Por culpa de mis defectos, he echado a perder parte de tu trabajo, se quejó el botijo. Akira sonrió amablemente y dijo:

-No digas eso. Ahora llegaremos a la fuente y os llenaré de agua, y quiero que te fijes en lo hermoso que está el camino de vuelta a casa.Cuando llegaron a la fuente, el botijo dejó que le metieran el agua y, una vez sobre los hombros de Akira, empezó a mirar a su alrededor, tal y como le habían indicado.

-El camino está precioso, dijo el botijo.

-A mí también me gusta. ¿Ves las hermosas flores que bordean la cuneta?, preguntó Akira.

 

-¡Oh, son bellísimas!, exclamó el recipiente.

 

-¿Te has dado cuenta de que sólo hay flores en esta vera del camino? Durante estos dos años, he plantado semillas en este lado porque sabía que crecerían las flores gracias al agua que tú derramabas cada día, señaló el joven.

-¿Es eso cierto?, preguntó el botijo, emocionado.

 

-Sí. Gracias a eso, durante estos años he gozado de estas flores en los paseos matutinos y no sólo eso, he podido decorar con flores la mesa del maestro. ¡Mi querido amigo, si no fueras como eres, ni el señor Oé ni yo hubiésemos podido gozar de la belleza como lo hemos hecho!

 

"Desde hacía muchos años, el abuelo Sanjai vivía con un precioso loro que, ufano, enseñaba a todas sus visitas. En una ocasión, acudió un viejo amigo y charlaron durante horas. Durante toda la tarde, el loro estuvo en su jaula hablando.Decía muy alto:

¡Libertad, libertad, libertad!

El visitante apenas podía concentrarse en la conversación porque le daban lástima las desgarradoras palabras del animal. Decía una y otra vez:

¡Libertad, libertad, libertad!

y al mismo tiempo, metía el pico entre los barrotes de la puerta señalando su ansiada salida.

El amigo de Sanjai se fue al final de la tarde, pero se quedó pensando buena parte de la noche en el desgraciado loro.También pensó que Sanjai se había vuelto un desalmado por encerrar a un animal que reclamaba libertad de esa manera.Ya era muy tarde cuando el hombre decidió que, al día siguiente, liberaría al loro de Sanjai. Al amanecer, salió hacia la casa de su amigo y se introdujo sigilosamente en la habitación donde se hallaba el animal. El loro lo miró con los ojos muy abiertos.Silenciosamente, abrió la portezuela de la jaula y dijo:

 

Vamos, bonito, sal por la ventana. ¡Ya eres libre!

Para su sorpresa el animal se fue hasta el extremo opuesto de la jaula y de repente, empezó a chillar:

-¡Sanjai, Sanjai! ¡Socorro!, ¡Quieren robar a tu loro

 

 

 

 

Y una mujer dijo: «Háblanos del dolor».Y él respondió: «Tu dolor es la apertura del cascarón que encierra la comprensión».KAHLIL GIBRAN

 

 

"Dos monjes estaban lavando sus tazones en el río cuando vieron que un escorpión se ahogaba. Un monje lo sacó inmediatamente y lo puso delicadamente sobre la orilla. Justo antes de posarlo sobre la arena, el escorpión movió rápidamente su cola para picar al monje.

¡Uy! ¡Qué daño! ¡Me ha dado en un dedo!exclamó el hombre dolorido.

Cuando el dolor fue mitigándose, con el dedo hinchado, el monje volvió a la orilla a acabar de lavar su tazón. Mientras estaba manos a la obra, vio que el escorpión se había vuelto a caer al agua. Inmediatamente, metió su aún dolorida mano en el río para sacar al animal. Mientras dejaba al escorpión en el suelo, éste le picó de nuevo.El otro monje le preguntó:

-Amigo, ¿por qué continúas salvando al escorpión cuando sabes que su naturaleza es picar? 

Porque-respondió el monjesalvarlo es mi naturaleza".

             

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